Colosenses 2:13-14 dice: “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz”.
Sé que te puede sonar extraño esto, pero el mensaje de Jesús es sencillo: donde había culpa, Él ofreció perdón; donde había muerte, Él dio vida; donde había separación, Él abrió un camino para volver a Dios.
Antes de Cristo, nuestro mayor problema no era que estuviéramos débiles, sino muertos espiritualmente. Un enfermo necesita un médico; un muerto necesita un Salvador. Por eso Jesús no vino solo a mejorar nuestras vidas, sino a darnos una vida nueva.
¿Cómo? “Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros”. El acta de los decretos tiene en mente una lista de nuestros delitos, de nuestros pecados, y solo puede ser anulada por medio del pago de un hombre perfecto, Jesucristo. Reflexionaba sobre esto y pensaba en cuántas veces caminamos por la vida cargando con nuestras propias «actas»: errores del pasado, decisiones de las que nos arrepentimos, fracasos que nos persiguen o culpas que no nos dejan avanzar.
Nos convertimos en nuestros propios acusadores. Recordamos una y otra vez aquello que hicimos mal, incluso cuando ya hemos pedido perdón y Dios ha decidido perdonarnos. Pero Colosenses 2:13-14 nos recuerda algo extraordinario: Jesús tomó todo aquello que nos condenaba, toda la deuda que teníamos, y la quitó de en medio clavándola en la cruz. Lo que Dios ha perdonado, nosotros no deberíamos seguir sosteniéndolo sobre nuestros hombros. Cristo no solo nos perdonó, también nos liberó de la necesidad de vivir condenándonos. Si el anuló el acta, ¿Por qué seguimos llevándola como si todavía existiera?
El acta sobre la cabeza de Jesús, la cual mando escribir Pilato decía “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. Lucas muy detallista él, nos da una información más y es que estaba escrito en griego, latín y hebreo para que todos pudieras leerlo. Juan nos dice que “muchos lo leyeron”, eso sólo tenía un por qué. Eran los tres idiomas “universales” de ese tiempo: hebreo: el idioma del pueblo judío, griego: el idioma común del imperio y en latín: el idioma oficial romano. La cruz ya era humillación; el letrero público en varios idiomas era exposición total.
Y ahí está la diferencia. El pecado señala nuestras acciones, pero la vergüenza ataca nuestra identidad. Nos convence de que somos nuestros errores, nuestros fracasos y las peores decisiones que hemos tomado.
El perdón de Dios es inmediato, pero la sanidad del corazón suele ser un proceso. Un proceso en el que aprendemos a dejar que el amor de Dios llegue a los lugares donde durante años solo hubo culpa, acusación y vergüenza.
Desde el principio de la humanidad vemos esta realidad. Adán y Eva sintieron vergüenza y se escondieron. Intentaron cubrirse con hojas, una cobertura frágil e insuficiente. Pero Dios salió a buscarlos y fue Él quien los cubrió.
La historia del evangelio sigue el mismo patrón: el ser humano escondiéndose, y Dios buscando.
Por eso Jesús vino. Él es la cobertura definitiva. Hay vergüenzas que nadie conoce, heridas que nunca has contado y culpas que todavía cargas en silencio. Pero Jesús las conoce todas. Y en la cruz cargó con aquello que te acusaba para que ya no tuviera la última palabra sobre tu vida.
Sobre la cruz había un letrero escrito por los hombres: «Rey de los judíos». Pero a la luz de Colosenses 2:13-14, también podemos ver otro mensaje: «Aquí queda cancelada tu deuda. Aquí termina tu condena. Aquí tu vergüenza pierde su poder».
Acércate hoy a Él con las manos vacías y el corazón abierto. Deja que su amor llegue a esos lugares donde nadie más puede llegar.

No responses yet