¿No te ha pasado, de sentirte inquieta, cargada o simplemente sobre pensar demasiado?
Sobre todo, si hablamos de almas, por las que intercedemos tendemos a sentir un peso muy
grande. Y cuando venimos ante Dios para interceder por ellas, repetimos una frase “Señor,
dejo ante ti a…”


Te hago la siguiente pregunta aun habiendo dejado ante Dios la carga por esta persona
¿te levantas de la oración y sigues pensando, sigues preocupado, sigues cargando,
sigues controlando? No creo que sea porque no confiamos en Dios, pero nos cuesta
soltar.


Intercedemos por las personas, pero lo confundimos con cargar. Interceder es
presentar una carga, pero no es cargar con ella. Déjame decirte que, muchas veces y
sobre todo cuando se trata de almas que sabemos que no están en buen camino,
oramos como intercesores por ellos, pero vivimos como sus salvadores. Y sólo hay un
salvador, Jesucristo. Jesús nunca te va a pedir que resuelvas la vida de alguien, pero sí
que ores y que confíes.


Y sé, que muchas veces hablamos de personas a las que amamos, o personas a las que
hemos tenido mucho aprecio, porque hemos compartido buenos momentos, pero
estas se acaban convirtiendo en una carga porque nuestra mente tarda más que la
boca en obedecer. Nuestra boca en oración dice “te lo dejo Señor”, pero nuestra
mente dice: ¿Y si no pasa?, ¿Y si empeora?, ¿Y si Dios no actúa como espero?
Un gran desafío para nosotros no es demostrar fe cuando oramos, sino demostrar fe
para descansar en Él después de haber dejado nuestra cargar ante su presencia. Una
ilustración corta: Es como dejar una maleta pesada en manos de alguien fuerte, pero
seguir sujetando el asa “por si acaso”. Mientras sigues agarrado, el peso sigue siendo
tuyo. Solo cuando sueltas… descansas.


Mateo 11: 29-30 dice: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy
manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;   porque mi yugo
es fácil, y ligera mi carga.”


Jesús nos llama a amar, orar, obedecer y confiar, pero la carga que nosotros nos
ponemos encima es: el resultado final o la responsabilidad final, el control de la
situación y la salvación de las personas. Y esto querido lector no depende de nosotros.
Déjame explicarte cómo funciona el yugo. Se trata de un instrumento de madera que
se coloca sobre los hombros de una persona o sobre el lomo de un animal para facilitar
el transporte de una carga distribuyendo su peso uniformemente a ambos lados. Ósea,
el yugo une a dos personas, pero uno marca el paso. De hecho, por lo general se une a
un buey viejo con uno joven para que este le enseñe.

Cuando Jesús nos invita a llevar su carga, no nos dice “carga tú y yo te ayudo”, sino
“ven conmigo y camina a mi ritmo”, tú siempre serás el buey joven al lado del gran
maestro. Jesús no arrastra, no empuja, no acelera. Nuestra alma descansa porque
camina con alguien que no exige perfección, no grita, no humilla, no oprime.
Su yugo es algo que debemos de hacer diariamente, cada vez que intentamos
controlar algo, hay que tener una cosa en cuenta, nos salimos del yugo. Aún hay yugo
para soportar, y cargas para cargar, pero en Jesús y con Jesús son fáciles y ligeros. Pero
no quiero que esto se resuma a que Jesús carga todo lo que nos pesa, porque sería
algo equivocado, él cambia la manera de cargar. Jesús reordena nuestras cargas. Tú,
llegas con cansancio, culpa, miedo, ansiedad, heridas, personas que duelen y él, no nos
dice “dámelo todo y tú no hagas nada” obra de una manera más profunda dice:

  1. Quita lo que no te corresponde.
  2. Déjalo lo que si
  3. Y se pone contigo en el camino.

Por eso habla de yugo, no solo de alivio. Jesús lleva la parte más pesada. Con él es,
cuando nuestra alma encuentra descanso, no en la ausencia de problemas. Nuestro
mayor cansancio no es físico, es del alma porque quiere sostener todo lo que no
puede. Y tú no puedes sostener las vidas de los que te rodean. Así que, digamos hoy,
quiero Señor coger tu yugo que es fácil y ligero, no quiero salirme del yugo, quiero
aprender de ti y caminar a tu ritmo.

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